La enfermedad del tiempo

La velocidad tiene sus cosas buenas pero también algunas desventajas.  Por ejemplo, la posibilidad de ser localizado desde el otro lado del velocidadplaneta y quedar conectado para una conversación a través de una video conferencia o simplemente recibir un mensaje o enviar una fotografía del lugar donde nos encontramos. Pero a la vez esa inmediatez también nos produce una gran ansiedad. La tranquilidad y la paz que nos permite vivir sin apuros es ahora una gran ausente ante la prioridad de sentirse siempre conectado.

Los tiempos modernos se caracterizan por el “buen uso de la velocidad” . Todo se genera con rapidez, entre más rápido mucho mejor; si incluso hasta elegir amistades hoy se logra en un segundo a través de un clic, ya no importa una relación basada en experiencias, hoy lo que importa es tener amigos en la menor cantidad de tiempo.

La Internet de las cosas es la velocidad de las cosas; que todo se haga rápido; la casa me espera con las luces encendidas y la televisión ya funcionando, la calefacción se activa y en mi teléfono  aparece la lista de las cosas que faltan en la nevera. Parece cómodo y de gran ayuda, pero donde queda el tiempo natural para los quehaceres cotidiano si está todo automatizado.

La lentitud hoy nos hace parecer como persona con capacidad reducida, entre tanta velocidad e inmediatez una persona lenta es fácil distinguirla, y da la impresión  de no  hacer bien su trabajo.

Carl Honoré en su Elogió a la Lentitud nos habla de los peligros de pisar demasiado el acelerador:

“Correr no es siempre la mejor manera de actuar. La evolución opera sobre el principio de la supervivencia de los más aptos, no de los más rápidos. No olvidemos quien gano la carrera entre la tortuga y la liebre. A medida que nos apresuramos por la vida, cargando con más cosas hora tras hora, nos estiramos como una goma elástica hacia el punto de ruptura”,

Honoré en su ensayo cita a Larry Dossey, un médico estadounidense que acuñó el término enfermedad del tiempo para referirse a la práctica obsesiva de que “el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo”

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Ante la premura de que todo lo que gira a nuestro alrededor lo hace a gran velocidad, permitiendo hacer el mayor número de cosas en la menor cantidad de tiempo posible, cabe preguntarse ¿cuál es mi ganancia al hacer todo rápido?, ¿Me he contagiado con la enfermedad del tiempo?, ¿Qué hay de bueno en hacer las cosas más despacio?

Los antiguos hablaban de la sabia administración del tiempo, pero hoy el tiempo parece no existir, es más, parece que el tiempo que ” administramos” ahora también termino con la distancia. Hay muchas cosas que puedo hacer sin moverme del escritorio de la casa. Ya no tengo que desplazarme para ir de compra, no tengo que ir a cobrar el cheque del sueldo al banco. Existen una variedad de quehaceres que ya no necesitan incluso de algo más de tiempo para realizarlo.

Pero que está pasando con el tiempo que, al ver el estilo de vida actual, pareciera sobrar. Que hago con el tiempo que antes ocupaba en ir de compra, o algún trámite en el banco. Todo el tiempo que las nuevas tecnología nos han hecho ahorrar. ¿Dónde está ese tiempo? ¿En qué lo estamos ocupando?

Klaus Schwab, fundador del Foro Económico Social dijo en una oportunidad “Estamos pasando de un mundo donde el grande se come al más chico a un mundo donde el más rápido se come al más lento”.

La solución a los problemas no parecen llegar debido a que sólo esperamos soluciones instantáneas, ojalá inmediatas, olvidando que la vida es tiempo y que cada tiempo tienen su lugar. Eso que el tiempo es el mejor consejero ha quedado en el olvido, la meditación, la reflexión no parecen tener lugar a la velocidad que transitamos hoy por la vida.

El estilo de la comida rápida y alimentos congelados nos hacen olvidar que cada cosa natural necesita de su tiempo, especialmente en la alimentación. El respeto por las señales de tránsito es otro ejemplo de que en la vida no es necesario pasarse por alto las instrucciones que nos llevarán a nuestro destino, no importa que perdamos un minuto de nuestro tiempo en respetar un anuncio.

El tiempo para escuchar a los demás a veces se puede transformar en un gran tesoro. La información de las experiencias de otros puede ser el timón que necesitamos para llegar a nuestro puerto. El arte de escuchar es un freno natural a la velocidad que imponemos en nuestros quehaceres.

Necesitamos una banda de frenado  (lomo de toro, guardia tumbado); de esos que se acostumbra a poner en las vías para que los carros disminuyan la velocidad. La meditación, la reflexión, la observación, la contemplación son las bandas de frenado  que necesitamos a diario para percibir los momentos de quietud y tranquilidad, de ese tiempo de paz, de respirar profundo y dar gracias por lo que tenemos, gracias por el tiempo, y vivirlo en su plenitud descubriéndolo en el sosiego de la vida.

@AlexPonceAg

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